Esta madrugada recuperé tu frescura, igual que en los amaneceres de verano, despertado por el rayito de luna cayendo en mi lecho, los gritos del gallo cortando el silencio entre la transición al alba y berridos de vacas lecheras camino al corral. ¡Oh madrugadas de mis deleites!, traedoras de aquellas románticas experiencias.Venias a mi con el pelo sujeto por la chonga extraída del vestido rosado; ese vueludo que cayó bajo tus pies en nuestra vez primera. Estabas dispuesta para lo nuestro, te posaste al lado mío cual rocío matutino, con la toallita verde cubriéndote entre piernas y pechos, recién bañadita, oliendo al nuevo día y el agua del pozo real.
¡Como lograste perfeccionar la técnica de robar a la amanecida sus aromas!; la aurora y tú se fundían en besos, cosquillas y encantos que no muestras en otros contextos; te tornabas extrovertida, ardiente y lujuriosa; pécora para mí. Me incendiabas de excitación y sin reparar en la jornada de trabajo que se avecinaba, llevado por tus provocaciones, hacíamos que el romance cobrara apariencia, en nuestra casita de adobe y tejas, pequeñita y cálida; sin muebles, más permeada de lo que éramos; simples esencias del amor en construcción; dueños del etéreo mundo que nos alojaba.
Fue precisamente, en nuestro hogar inserto en la sencillez de la vida, a la sombra de canciones arrancadas del requinto, donde nacieron nuestros hijos; el espacio donde reímos, sufrimos, nos consolamos y especulamos sobre el futuro. Entre esas mismas paredes lloré tus lágrimas cuando velamos al segundo de nuestros retoños, el colochito y cabezón que estudiaría las ciencias del cálculo para formular veranos menos secos. Juancito, al que mataron las lombrices, sigue siendo la razón para estar acá, armando un mejor porvenir para los que sobrevivieron. En ti está concentrada la mitad de mi ser, Juancito y los restantes cristalizan mis desvelos y perspectivas, y la casita representa nuestro espacio, ¡lastima que todavía pertenezca al terrateniente!.
Durante amanecía eras tu otra vez, descargando bríos afrodisíacos contra mi cuerpo mal alimentado y me recuperaste el morbo hasta elevarme a éxtasis de placeres que endulzaban sin empalagar. Nos desnudamos, retocamos el ritmo con el que se forma la vida, superamos al movimiento, y luego de tantos desahogos, hallé de nuevo la rosadez de tu rostro, me envolví en tus piernas y embriagado de tu atractivo te quise palpar, alimentar mi mirada con tu ansiada silueta, pretendí olerte queriendo encontrar la primavera que portas, más la realidad se impuso y con tremenda bofetada me corrigió de mi falsa percepción. Tú sigues al sur, presa por la negación de una visa y el temor de atravesar un desierto cada vez más incruzable. Cinco criaturas generadas en fila india,
también retienen tus deseos de zarpar hacia este puerto de incertidumbres donde los dólares enajenan.
Hoy me susurro la radio que en la “guerra contra el terrorismo” los nuevos inmigrantes, especialmente los bajitos, de hablar seudocastizo, con rasgos mestizos, que entramos sin ajustar estatus, y por hoy atrincherados en las labores de servicios pasamos a ser perseguibles, deportables, apresables, descalificados de los servicios sociales, objeto de segregación local. Eso aleja la perspectiva de tu cuerpo en mi cama, habiendo de seguir con nuestras imágenes pasadas.
Anoche casi te toco, alargué mis manos al riesgo de desgajar mis coyunturas, como cuando empujo el drywall de cinco octavos para colgarlo en los cielos de apartamentos. Estabas bonita, apetecible, derramando ternura; mas que voluptuosa atractiva; antes que excitante complemento afectivo; no ardorosa, sino apasionada en ser mi complemento. No obstante, al abrir mis ojos descubrí que amor y distancia siguen en conflicto, que continuas allá, luchando por sobrevivir entre los embates del neoliberalismo y las líneas torcidas del Fondo Monetario Internacional. No pude compartirte que el ingles se presenta cuesta arriba; que correlativo al TPS ahora taxes y bills socavan mis bolsillos; que se aferran a mi memoria retratos de todos y cada rincón de nuestro hogar, al cual extraño. Sigues allí, y yo acá cuestionando si la democracia occidental en verdad garantiza la unidad familiar.
Han pasado dos años y los recuerdos parecieran haber compartido la travesía conmigo, acompañándome en la búsqueda de las remesas que mensualmente debo asegurar. Ahora me gustas muchísimo más que cuando esperaba a que fueras al río, el molino o la tienda. Quizás comience amarte de veras, a valorar cuanto me significas y trabajar duro para acercar el momento cuando un insípido sitio como el aeropuerto abra el telón de nuestro reencuentro, el segundo intento de estar juntos hasta que la muerte o expoliación nos separen.
Estoy listo para salir recibir ese día, cuando saboreando nuestras pasiones, en unidad no solo de cuerpos sino también de propósitos, de razones para encontrarle sentido a la existencia, vuelva a degustar tu desnudez y me sujete a tu plenitud femenina, amándote más allá del placer carnal.
Espero no me deporten antes de concretizar nuestros planes...
(Daniel Joya)