Me obsesiona quemarme en tus pupilas¡ese par de perla insuperables en preciosura!,
sumergidas en lo oscuro de su propia constelación,
en muestra de lo negro desvestido
como más que luto y tinieblas
y la evidencia viva de que lo bello.
lo interesante, valioso o cristalino;
lo digno de amar,
puede pintarse distinto al blanco.
Me magnetiza tu misticismo
cuando nuestras vistas se encuentran,
y sugieren en nuestro lenguaje,
entre mil astillas de ideas,
la existencia de un lugar y un instante
para que nuestros impulsos se liberen
y den lugar al esperado primer beso.
Es exquisito, deleitable al gusto
sentir una y repetidas veces
las gotas de sudor desprendidas de mi frente,
cual perlas de lluvia cuesta abajo,
limpiando la palidez de mi nerviosismo
ante tu presencia salida de ensueño.
Disfruto de hundirme sin freno ni vacilaciones
en el opaco fuego de tu forma de mirar,
vagando perdido tras los secretos de tu embrujo
encarnado en ¡ese par de soles sombríos!.
Más que verme en ti me deshago en el deseo
de hacer de mi silueta un corazón
que se plegue a lo recóndito de tu par de cristales,
tan pegajosamente diseñados
que las palabras no cobijan en sus descripciones...
luego, volver a la superficie,
a tu atención clavada en mis débiles ojos,
rendidos por la tentación, respirando en otra longitud,
en esos sublimes momentos
Cuando todo suena a melodía.
La sólida tonalidad de tus ojos
me enseña que la noche es ternura,
que las palabras emergiendo de tu boca esparcen rima,
que el amor no tiene color especifico,
pues la magia no requiere de luz,
que dependo de ti
cuando me dejas esperando en la paciencia
el siguiente movimiento de tus labios
pronunciando los susurros de tus gestos y actitudes,
En una frase simple, bajo tus ojos negros:
“Yo también te amo”.
Daniel Joya